La reducción, reutilización y reciclaje de los residuos que se generan en la producción, junto a la gestión adecuada de los recursos utilizados en la fabricación (comenzando por la energía y el agua) es uno de los grandes retos abordados por la industria para minimizar su impacto ambiental. Todo lo que no se recicla o recupera, se traslada a vertederos o se incinera lleva un costo adicional económico y medio ambiental. Por eso, la Comisión Europea ha ido estableciendo con los años objetivos más ambiciosos para el tratamiento y recuperación de los residuos hasta 2030. El sector de alimentación y consumo ha sido una de las avanzadillas en gestión de residuos, implantando el llamado vertido cero para que los desechos de la producción se aprovechen y no acaben en vertederos.

La mayoría de actividades industriales generan sustancias sólidas, líquidas y gaseosas  en mayor o menor cantidad, que deben ser gestionados correctamente por la carga contaminante que contienen. Así por ejemplo se generan cuando se utiliza el agua para refrigerar o calentar, en las limpiezas de los equipos, dentro del propio proceso, etc.

La normativa medioambiental es cada vez más restrictiva y generalmente no permite que los líquidos puedan ser vertidos sin un tratamiento previo. La solución convencional pasa por instalar una serie de procesos físico-químicos y/o biológicos que tratan el agua lo necesario para conseguir cumplir la normativa de vertido. No obstante, existe un gran número de situaciones donde el agua tratado, o no puede ser vertido por razones geográficas, o requiere un esfuerzo económico elevado conseguir que el líquido sea evacuado. En otras situaciones, cuando se producen residuos de naturaleza compleja, los sistemas de tratamiento convencionales necesarios no son competitivos a nivel económico. Ante estos escenarios, el concepto de vertido cero se está forjando como la opción más sostenible a nivel ambiental y, en muchas ocasiones, también a nivel económico.

 

Miguel Ángel Diez